Por
Alejandro Millán Valencia
Medellín
Un pimentón tirado en la calle que se transforma por obra y gracia de un carro que le pasa por encima en el Sagrado Corazón de Jesús, o una carreta para vender tintos en el centro hecha con los radiadores de la parte de atrás de las neveras, son imágenes que parecen sacadas de un mundo subrrealista y que alguien las convirtió en un blog en internet.
El asunto es que esas imágenes ocurrieron de las calles de Medellín y no en los sueños, y el encargado del blog es un muchacho bien puesto, que se mete la camisa dentro del pantalón, se peina como la gente normal, trabaja en la Gobernación de Antioquia y responde al nombre de Carlos Múnera.
La oficina de Carlos es pequeña. No, es diminuta, además la comparte con una compañera de trabajo y el teléfono apenas sirve, pero eso no le importa, o al menos no parece importarle.
Caminando
Mantiene una sonrisa amplia mientras comienza a contar cómo se le ocurrió tomarle foto a esas pequeñas muestras del subconsciente urbano, esas pequeñas apariciones irreales, pero palpables, sin poses ni artificios fotográficos.
Según él, estaba dictando un curso sobre la imagen a unos aspirantes a diseñadores gráficos (porque él tiene alma de diseñador gráfico, aunque se gradúo de producción de televisión en el Politécnico) y como pocón de tablero, se fue con los estudiantes a recorrer la ciudad, a enseñarles los distintos ángulos que tenía esta Medellín, despojo de una época de violencia y con unos contrastes humanos que bien podían quedar en una foto.
En esos recorridos, Carlos fue recogiendo un buen material de historias increíbles. Ajedrez a seis manos en el Parque de Bolívar, dos viejitos sentados en el parque de las Luces fumando un buen pedazo de tabaco como si estuvieran en el patio de la casa, un hombre homónimo del Libertador que atravesó los Andes, pero con la idea de volverse rico y muchas imágenes más.
En estos días, en sus recorridos que se convirtieron en diarios y sin el rigor académico se encontró con las pinturas del bulevar de la carrera 40 y poco después leyó el artículo que salió en este diario y nos envió un mensaje apoyando la propuesta (Ver recuadro superior).
Anexo mandó una pequeña muestra de lo que tenía en el blog, tema que nos interesó y por eso queremos que el lector nos cuente las historias de esas fotos que hablan de esa ciudad- sótano que existe entre nosotros, tan real como una carta de amor recogida de la calle para la esposa en su cumpleaños.
Un olor a tabaco y ciudad
Como aquella canción de Caballo Viejo, el amor no tiene edad ni fecha en el calendario, estos dos ancianos se toman el parque Cisneros con el mismo desparpajo con el que se sentarían en el patio de su casa y se fumaron sus respectivos tabacos armados de forma artesanal.
Hay conversación sobre lo cotidiano, sobre el hombre que pasa por el lado, sobre la ciudad, sobre el espacio, sobre la vida que ya pasaron juntos. Se conversa y se fuma, se disfruta del aroma ácido de la hoja y se siente también el olor a monóxido que trae San Juan.
Carlos los encontró en una de sus caminatas habituales. No hubo poses, porque no son necesarias, simplemente se dejaron llevar por el ánimo del día. Carlos sacó la cámara del cinto donde la lleva a todas partes para no perder ninguna imagen de la ciudad y ese día se encontró con esta apropiación del espacio público, donde sobrevive el amor para toda la vida.
De pimentón a Sagrado Corazón de Jesús
A Carlos le encanta fotografiar la basura por que piensa que en ese cúmulo de residuos se puede encontrar algo de belleza.
De pronto eso le ocurrió con un pimentón que un automóvil arrolló sin consideración en el centro de Medellín. A él le llamó la atención más allá de la forma, el hecho del pimentón destrozado por el peso del carro.
Sin embargo, cuando comenzó a mostrar la foto, algunos de sus compañeros comenzaron a notar que el pimentón desfigurado había tomado la forma del Sagrado Corazón de Jesús. Cabe anotar, que a pesar de la influencia religiosa de Carlos, no se tomó el hecho como una revelación celestial, sino como un curioso efecto de la casualidad.
Y tiene, según Carlos, todos los elementos para ser el Corazón de Jesús, la forma, la corona de fuego y las llamas a su alrededor, pero es producto de la casualidad de la ciudad.
La familia crece donde puede y como puede
No era un muñeco. Cuando Carlos se acercó y observó con detenimiento percibió el movimiento alegre de las manos y cayó en la cuenta de que ese bebé era real y era el hijo de los dueños de este local de venta de gafas y espejos.
El problema es que el bebé estaba creciendo y ellos, los padres, ya no saben cómo cuidarlo, porque al menos en el cajón cabe por ahora, pero no saben nada después.
La mamá es consciente de que no lo puede dejar allí todo el día, aunque Juan David, como lograron bautizarlo, parezca no advertirlo porque juega con sus manos, como cogiendo algo del aire.
Ella lo saca y se sienta con él en una de las sillas que ubicaron en el nuevo paseo peatonal de Carabobo, donde tienen ubicado el local. Mientras tanto el papá, con paciencia de santo, intenta vender las gafas suficientes para sostener a esa familia que crece alrededor de este negocio móvil.
Por ahora están ahorrando para poder matricular a Juan David en un preescolar cuando no quepa en el cajón. Lo único que les interesa es estar unidos y de esa manera sacar adelante esta pequeña familia, que crece en medio de la selva de cemento.
La luz del mundo
A Carlos le llamó la atención este hombre parado en la mitad de la Alpujarra, entonando cantos litúrgicos que él había escuchado cuando era niño y asistía a una iglesia protestante. Le llamó la atención aún más cuando el hombre llegaba, sacaba de su maleta azul la Biblia, cantaba y se iba. No pedía plata, ni hacía ningún tipo de discursos sobre la religión y la evangelización del mundo.
Le siguió llamando la atención porque se lo siguió encontrando habitualmente en sus recorridos por el centro de la ciudad, donde tenía el mismo ritual: sacaba la Biblia de su maletín azul pastel marcado con su nombre y otros datos personales y se ponía a cantar en mitad de los parques, sin importarle si alguien lo observaba o le prestaba atención. Y después, se retiraba en silencio, con la solemnidad del deber cumplido.
Un día se le encontró camino al trabajo y no evitó la tentación de hacerle una fotografía y preguntarle el nombre. “Francisco Antonio Cardona García y pertenezco a la iglesia de la Luz del Mundo, como lo dice la maleta”, dijo.
Y claro, en la maleta decía hermosamente, “Francisco Antonio Cardona García de la iglecia (sic) de la lus del mundo”.
Mirador en las entrañas de Santo Domingo
Carlos tuvo que atravesar las entrañas del cerro Santo Domingo para encontrarse con esta imagen, tres sillas a punto de destartalarse que junto aquella mesa con mantel, se convirtieron en un mirador privilegiado.
Es un lugar donde se puede apreciar la ciudad en su esplendor, sin lujos, en el patio de la casa.
Un mirador estrato dos, hecho con sillas que le sobraron a la Junta de Acción Comunal o en la casa y armaron el mirador.
Carlos estaba caminando la ciudad para un concurso de fotografía, cuando decidió no seguir el camino “Pues lo seguro ya no tiene misterio”, como diría la canción de Cabral.
Y en medio del monte se encontró con una casa, un patio y un perro. “Lo primero que me dijo la dueña de la casa, es que no entrara porque estaba muy desordenado, pero a mí me gustan las cosas así, porque allí es donde se refleja la belleza de las cosas cotidianas, como son día a día”.
Entonces Carlos llegó hasta el patio y cuando quería fotografiar el panorama de Medellín que se abría ante él, la mujer le dio un aviso de alerta sobre el perro que ya bajaba las orejas en señal de sumisión.
“No le crea a ese perro que es muy zalamerito, muy traicionero”. Así que Carlos fue prudente y no se acercó y tomó la foto del mirador.